Insperimentos, Poesía, Relatos

Unos se van, otros vienen.

-¡ Adiós!
-¿Ya te marchas?
-Sí, este año sí.
-Pero es pronto aún.
-Ya… otros años me quedo hasta el veintiuno pero este año he decidido irme un poco antes.
-¿Mucho frío?
-No, no es eso.
-¿Viento muy fuerte?
-En realidad menos del que esperaba.
-¿La lluvia?
-Es soportable.
-Pero todavía quedan hojas en los árboles.
-Ya caerán, no me necesitan.
-Venga Otoño, cuéntame qué te pasa.
-¿Mira, qué ves allí?
-Una plaza, casetas de madera y luces. Luces amarillas, verdes, rojas, blancas, que parpadean y juegan a perseguirse saltando entre paredes, tejados y ramas de árboles. Árboles espolvoreados de bolas doradas, lazos rojos y guirnaldas de flores. Flores es lo que vende esa anciana en uno de los puestos escondidos por el vapor dulce de gofres, castañas y chocolate. Chocolate caliente que se deja envolver sostenido entre guantes jóvenes, camino de manoplas de niños. Niños que corren y señalan tirando de brazos adultos en las colas de los carruseles. Carruseles que bailan al ritmo de villancicos, como dos o tres valientes copos de nieve que, como la Navidad, han llegado antes de tiempo.
-¿Lo ves? Cada año llega antes. En Noviembre ya te encuentras luces en las calles, carteles en las tiendas, anuncios en radio y televisión. Asedian a la gente creando necesidades absurdas, acelerando sus vidas, marcando un ritmo ilógico. Aún no han caído las últimas hojas de los árboles, pero ellos las sacuden para que entre al fin el invierno, llegue la nieve y se desate el consumismo exacerbado. Por eso me voy antes, porque ellos quieren y yo no aguanto.
-Te entiendo Otoño, te entiendo muy bien. ¿Pero qué pasa con nosotros? Aquellos a quienes nos gusta ver como cambias los colores desvistiendo los verdes en tonos cálidos, o ver navegar tu ejército de barcos amarillos de papel por los canales de Gante. ¿No recuerdas cómo paseamos contigo por los bosques y colinas de Ardennes, retratándonos rodeados de tus hojas? Toma tengo aquí la foto, quédatela para que te acuerdes allá donde vayas. Y por si te aburres durante el viaje mira el dorso, creo que dejé algo escrito. !Adiós Otoño, nos vemos el año que viene!

(Dorso):

Copas rebosantes de marrones y amarillentas burbujas, se mecen en lo alto como borrachas, dando tumbos empujadas por el aire, hasta que las traviesas corrientes fuerzan el vuelo de las hojas en otoño. Y esto no es para nada raro, pues las hojas están hechas para volar. Finas, anchas o alargadas, pero sobre todo ligeras, pasan su vida esperando este momento. Temerosas al principio, suelen aguardar que el viento las adiestre. Es entonces cuando sin valor, al igual que sin remedio, emprenden su viaje pasando de rascar el cielo, a fundirse con las sombras que antes proyectaban. Así caen, dibujando espirales en movimiento, planeando, como un pensamiento abstracto sobre caminos de tierra. Caen diciendo adiós a lo que fue su hogar y vida, mostrando con gracia su verde vestimenta desteñida en tonos cálidos. No siguen un turno de caída. Hay hojas que tocan su réquiem como solistas, otras prefieren descender orquestadas en decenas, chocando unas con otras, jugando a sostener sobre el aire coreografías de lluvia seca.

Nunca se rompen al llegar al suelo, su aterrizaje es siempre suave, delicado, peinando la arena con ternura. Unas pocas navegan el agua, se las puede ver en lagos y ríos quebrando superficies en ondas. Mas donde nunca jamás las vieron fue conquistando el centro de los mares.”

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