Relatos

Días de estudio y lluvia.

Tac, tac-tac, tac, tac, tac-tac, tac… Las gotas de agua son valientes a la hora de abandonar las nubes. Dispuestas en hileras, asoman sus cabecitas en el contorno de las nubes, buscando un objetivo, un blanco fácil o un lugar donde aterrizar. Saltan todas a ráfagas, alargando su figura con la velocidad del viento, afilando su barriga gorda que, algunas con más valor que inteligencia, hacen estallar contra mi cristal, dejando el rastro largo de mil piezas brillantes. Otras, las más graciosas, caen con una carcajada sonora en las cabezas de la gente sembrando el pánico, haciendo que todos empiecen a correr, resguardándose en soportales, subiéndose a los coches o a los autobuses apresurando el paso. Hay quien se tapa con lo que tiene a mano, pudiendo valer un periódico con forma de tejado, una bolsa vacía sobre la cabeza, o una carpeta, siendo mejor una capucha o un paraguas. En cambio, para quien va en bicicleta la solución no es otra que volverse oriental, entrecerrar los párpados y evitar en lo posible mantener la visión entre destellos borrosos.

Y es que las gotas de lluvias son pequeñas pero voraces, capaces de cortar un beso metiéndose en un ojo, de arruinar un día de parque asaltando toboganes, disolver la tinta de un libro o construir resbaladizas trampas mortales entre las piedras. Es cierto que, a veces, son traicionadas por el viento y se ven alejadas de su maléfico objetivo de incordio. Aún así jamás pierden la esperanza, se dejan deslizar por los tejados hasta alcanzar el borde de la cornisa y, una vez allí, observan pacientes a los viandantes. En el momento en que aparece uno desprevenido ¡zas! se cuelan en el hueco que hay entre el cuello del abrigo y la nuca, causando un estremecimiento fresco al descender la espalda. A veces, también caen sobre la cabeza o en la punta de la nariz, pero también se equivocan calculando y fatídicamente se espachurran en el suelo o contra los paraguas.

Al final, aquellas que sobreviven a esta fiesta, se juntan en las alcantarillas para luego acompañar a quienes aterrizaron sobre ríos y canales. Las hay que servirán de alimento a los pastos y animales, otras llegarán al mar queriendo ser parte de las olas, pero, tarde o temprano, todas evaporarán sus restos hacia el cielo despejado para volver a golpear mi ventana, mientras yo miro envuelto, calentito, en una manta, quemando los días de estudio que me quedan esta semana.
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