Relatos

Terrícolas.

La cena está servida en un salón de pomposidad exagerada para maquillar el bajo coste de la comida, así es más difícil recordar que el año pasado se vivía mejor, una decisión totalmente acertada. Han escogido un menú simple, pues en estos tiempos de bolsillos preocupados y cinturas estranguladas, la gente tiene un poco de miedo a quedarse con el culo al aire. Aún así, es una noche especial y han acudido todos, un esfuerzo más que valorable. Y aquí están, sentados a la mesa, alzando al aire el sonido de las copas, chocando unas con otras, acompañados de carcajadas y destellos de alcohol de oro y rojo púrpura.
-¡Salud!
-A comer.
-¡Que aproveche!
-Los entrantes son lo mejor de las cenas.
-Depende.
-Juan no relativices en la mesa.
-¡Si no he dicho nada aún!
-Empiezas con el depende y acabas haciéndome pensar que si dejo de mirar este langostino podría estar en cualquier parte, incluso en varios sitios a la vez.
-Es que podría ser.
-¿A ver cierra los ojos?
-Ya está, que pasa.
-Tenías razón, ahora tus langostinos están en tres sitios a la vez, mi mano, la de Paco y la de Lucía.
-¡Juan siempre te la cuelan!
-¡Más vino por aquí, y también para la señorita!
-No Rodri, que me sube muy rápido.
-Venga Marisa, si apenas tienes coloretes.
-Bueno pero sólo un culillo. Vale vale vale, para, ya está. No…
-¿Ya estás emborrachando muchachas?
-Así lo hace siempre, es su táctica infalible.
-Dejarle trabajar a gusto al chaval hombre.
-Dejadme en paz ya. No les haga caso Marisa, yo soy todo un caballero.
-¡De los que se le ve el plumero!
Las mejores cenas se empiezan bebiendo risas y picando bromas, salpicando alcohol bajo cataratas de vino y ríos de cerveza. La mayoría de los langostinos suelen echar a volar enseguida, empapándose entre nubes de mahonesa y alioli, mientras un sol de limón baña todo cuanto existe sobre la faz de la cerámica. En poco tiempo los recursos se agotan, pero cuando todo parece haber acabado, humeantes columnas de olores se elevan tras montañas de pan. En ese mundo la vida no acaba mientras no se seque la espuma de sus mares.
-Mira, mira, ahí viene lo bueno.
-Uf, como huele eso.
-Jugosones como a mí me gustan.
-Yo lo prefiero más hecho.
-Pues esto es lo que hay, si no lo quieres tráelo pa-acá.
-¡Eh! No toques bicho, que no soy tan escrupulosa.
-Ándate con ojo, que el Miguel enseguida alarga el tenedor.
-Ya te digo, como aquella vez en la piscina. Óscar, ¿te acuerdas?
-¿Ér qué?
-Aquel día en la piscina, que estábamos nosotros cuatro y Miguel iba con el tenedor ese de plástico…
Hasta ese momento la cena transcurría con la perfección que se supone debe tener un reencuentro entre amigos, con ella, Elvira, disfrutando como una más, nadando entre anécdotas de días de sol y hierba. Pero las columnas de humo le acercan el recuerdo de los volcanes de azufre y lava gorjeante. El camarero pasa fugaz depositando el plato sobre la mesa frente a los ojos de Elvira, que se queda bloqueada mirando su reflejo en ese mar rojo desprendido de su filete sangrante. Allí se ve reflejada, intentado salir a flote, con sus brazos y piernas enredados entre vísceras recién extraídas que tiran de ella hacia abajo atrapándola dentro del plato. Las imágenes se suceden rápido, golpes, palizas, electrodos, cuchillos, máquinas volteadoras, ganchos. El olor del metal envuelto en sangre mezclado con chillidos convulsos de animales muriendo, engranajes y máquinas diseñadas para estrangular, degollar, desollar, quemar, cortar, limpiar y empaquetar, cadáveres directos del matadero al paladar. Deliciosos millones de cadáveres mutilados, llenos de úlceras, abscesos y hernias, repartidos en bandejas de plástico de colores, listas para ser vendidas en los estantes refrigerados del supermercado.
Con los ojos abiertos de par en par y la respiración acelerada levanta la cabeza para ver a todos sus amigos comiendo, devorando, hablando con la boca llena, salpicando la sangre de cara en cara, riendo entre chorreones escurridos por barbas ahora teñidas, o bañando delicados cutis alimentados con cremas de cientos de euros. Cómo disfrutan de la salvajidad del acto, con la violencia, mejor dicho, la violencidad de sus laceraciones de carnívoros carroñeros. Y en el centro de la mesa la cabeza de cordero mira indiferente a los tirones por desguazarlo. De frente está Carlos, masticando con la boca abierta sonriendo y asintiendo con la cabeza. Elvira siente que se marea que no puede aguantar más, vuelca la silla al levantarse y corre directa al baño, mano en boca, resistiendo las convulsiones hasta llegar de rodillas a la taza blanca. Más que la cena, vomita años, años de ignorancia, años de complicidad, años de ingenuidad e indiferencia gastronómica. Nada hay que decir de las lágrimas, ojalá pudiera matar una lágrima por cada vida asesinada en sufrimiento para saciar su interés egoísta, pero entonces moriría ahogada.
Siendo tarde, pero sin ser nunca, hace el esfuerzo de levantar el ánimo, se arregla más o menos el maquillaje mirándose en el espejo, llena de orgullo y de vergüenza. Tras finalizar el retoque, vuelve al salón, recoge su abrigo de la silla y se dispone a salir.
-Elvira, ¿qué te pasa, te ha sentado algo mal?
-¿No vas a comerte eso?
-¿Te vas?
-Sí, me voy.
-¿Por qué?
-He decidido no alimentarme más de los pastos de la muerte.
-¿Cómo?
Con ese último silencio Elvira abandona el salón y Julio aprovecha la expresión atónita de Miguel para apropiarse del plato, que ahora sobra, antes que nadie.
-No lo entiendo.
-Déjala, se habrá vuelto loca, siempre tuvo un aire extraño ¿verdad que sí, Juan?
-¿Juan?
-¿Qué te pasa, no te gusta el filete?
-Creo…
-Menuda cara tienes, no mires así el plato, ni que estuvieras viendo un muerto.
-Juan, ¿estás bien?
-¡Creo que necesito ir al baño!
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