Relatos

Quietecitos y en silencio

La buena maestría en la enseñanza es un saco cargado de libertad, una guía amorosa que consciente del potencial de cada semilla, riega e ilumina a sus aprendices con la paciencia de saber que un día los verá florecer. El profesorado convencional es en cambio un saco de polvo, puñados de cal viva que ponen límites a la exploración y al desarrollo. No hay tiempo para ser creativo, “hagan el favor… siéntense…”, no hay tiempo para aprender, no hay tiempo para la experiencia, “ya… venga cállense…”, queda aún mucha materia que dar y tenemos poco tiempo para entender. Y así con el viento se van las memorias de tiza, dejando no más que sedimentos de polvo de los años que aprendimos a no aprender.
-Venga nos sentamos y nos callamos ya.
Ruido y voces de una clase cualquiera.
-¡Silencio!
Murmullo.
-¡Pero bueno ya está bien! Todo los días tiene que ser igual, tengo que estar siempre dando voces para que os calléis.
Alberto está feliz, se ríe de un dibujo que Claudia está haciendo en su cuaderno.
-¡Alberto! Te quieres dejar de reír, ¿no ves que estamos en silencio?
Nadie se mueve, nadie habla, nadie ríe. Los cuadernos deberían ser espejos, entonces ningún profesor aguantaría todas aquellas miradas tristes, pues para las almas libres de la infancia no hay nada más doloroso que sucumbir a la obediencia por el mero hecho de querer sentirse apreciadas.
-Claudia ¿qué haces?
Claudia hace un dibujo para Luisa porque es su cumpleaños y se lo quiere dar en el recreo.
-Deja eso para luego. Ahora no es momento para ponerse a dibujar.
Nunca es el momento para dibujar, nunca hay opción a la expresión libre, nunca es libre el movimiento en esta escuela de inconsciente militar, por eso Claudia quería terminar el regalo, en el colegio siempre todo es para luego. Hasta las cosas que tenemos que aprendernos no nos servirán ahora, pero dicen que nos servirán luego. Y para luego quedaron los dibujos, las risas, y el juego.
-Muy bien, ¿veis que bien estamos ahora todos quietos y en silencio?
Sí profesora, todos estamos mejor ahora quietos y en silencio. Gracias por hacernos ver lo mal educados que somos cuando queremos descubrir el mundo desde el ocio y la alegría, es verdad que todo se ve más claro desde este silencio amargo y esta obediencia adquirida.
-Bien vamos a empezar la clase leyendo y corrigiendo la redacción que mandé que hicierais ayer. Que levante la mano aquel que la tenga hecha.
Alzadas nueve, quedan veinte abajo.
-¿Pero aquí qué pasa, que no hacemos ahora tampoco los deberes? Pero seguro que todos fuisteis ayer al parque. A ver Juan ¿por qué no has hecho la redacción?
-No podía hablar del trabajo de mi padre porque mi padre ahora no tiene trabajo.
-Vale, está bien Juan. ¿Y tú Irene?
-Mi madre tampoco tiene trabajo.
-¿Luisa?
-Mis padres me han dicho que ahora no trabajan que están en el paro.
-Sí los míos también profesora.
-Y los míos.
-Vaya por dios, ahora va a resultar que todos vuestros padres están en el paro.
Sí profesora están en el paro, como pronto estarás tú. Y allí te quedarás entonces esperando, bien sentadita y en silencio, como todos. Todos bien sentaditos y en silencio, con las piernas colgando de una silla alta y la tiza cayendo sobre el pelo. Y no, para ti no habrá recreo, mejor te quedarás para escribir cien veces “tengo que buscar empleo”.
Y no te muevas.
Y no hables.
¿Ves que bien estamos ahora todos quietecitos y en silencio?
-Bueno pues vamos a leer las redacciones de los que hayan podido hacerlo. Agustín empieza tú.
-Sí profesora. Mi papá trabaja en un banco…
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