Relatos

KACHKOUCHA

Es otoño, por eso el sol de media tarde viste colores de ocaso. La luz del oeste atraviesa perpendicular la ventana del salón, estampando en la pared con la perfección de un artesano de sombras dos siluetas humanas, sentadas la una frente a la otra con una mesa de por medio.

-Dos horas separan al oro de la sangre.
-¿Cómo?

-Eso decía mi abuela a esta hora más o menos, cuando desde lo alto del balcón miraba los campos yermos. Lo decía a modo de recordatorio, como para sí misma, pero consciente de que un pensamiento en alto es, al fin y al cabo, un pensamiento compartido.

En la sala, columnas de vapor fresco ascienden distraídas sobre dos vasos de té con menta recién servidos.

-¿Y qué quería decir con eso?
-No lo sé, nunca escuché a nadie preguntarle por ello. Además cuando a nosotros, que por aquel entonces eramos pequeños, se nos ocurría ir a preguntar a nuestros padres o tíos puedes imaginarte la respuesta que recibíamos: “Olvídalo, eso son cosas de la abuela”.

-Sí, que típica respuesta… Pues a nosotros ya no nos queda mucho para que nuestras cosas pasen a ser también cosas de abuelos.

El sol cae y con él caen las horas y en el cambio de las sombras el tiempo se revela sin querer.

-Recuerdo que un día lo dijo estando ella y yo solos. Lo dijo igual que siempre, con los brazos en jarras y el paño colgando en su mano. Y no sé si fue la curiosidad, la intimidad del momento a solas o ambas, que una pregunta escapó libre de mis labios inconscientes. ¿Y después qué? Esa fue mi pregunta, ¿y después qué? ¿Sabes lo que me respondió?
-Se giró primero para mirarme y dijo: “La muerte hijo, después viene la muerte”.
-Yo me quedé en el mismo silencio extraño en el que tú estás ahora y ella marchó, sin pena ni gloria, con su trapo de la mano a seguir haciendo sus tareas.
-Qué directa tu abuela. ¿Más té?

-Sí, por favor.

La sombra de la tetera se eleva para arrojar té en los vasos; burbujean naranjas de plata a medida que éstos se van llenando. Las dos sombras quedan en silencio, mirando la fina cabeza de espuma, blanca corona, del té caliente entre sus manos. Hay en aquellas burbujas unos destellos extraños, reflejos inusuales, imágenes cambiantes de tiempos pasados. Rojos y azules bañaron de sangre los campos, donde sembraron balas creció el hambre y en los muros enjambres de asesinados. Ojo por ojo, hermano por hermano, corazón por corazón, pueblo de heridas abiertas que no cicatrizaron. Hay en aquellas burbujas unos destellos extraños, reflejos que atrapan, que cuentan recuerdos de antaño, sueños que bien pueden ser ciertos o bien pueden ser falsos, relatos que hipnotizan hasta estallar su burbuja en mil pedazos.

-¿Qué te pasa?
-No, nada… Me he quedado mirando la espuma del té.
-Kachkoucha.
-¿Cómo?

-Kachkoucha. Así es como le decía mi abuela a la espuma del té.

El sol se esconde y las sombras se alargan intentando aferrarse a la existencia. No durará mucho su agonía pues la noche llega como un océano, absorbiendo sus cuerpos como dos gotas de agua.

-Kachkoucha… ¿Crees que se escucha poco a los ancianos?
-Sí.
-Es una lástima.
-Pero es normal.
-¿Normal?
-Claro. ¿Qué fueron para ti tus abuelos sino raíces e historia? Pero ahora que la información por todas partes flota ¿qué podremos transmitir?
-De momento, la emoción de lo vivido.
-¿Y después qué?
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