Artículo, Insperimentos, Reflexiones

La gran verdad (que nadie se atreve a decir)

     Llega un momento, imagino que en la vida de toda persona, que alcanza una de esas conclusiones tan hermosas que rozan la verdad casi absoluta, y no puede hacer más que admirar dicha verdad y repetirla una y otra vez en voz alta, y cada vez cobra más sentido, y más profundo y claro es su mensaje y más amplio su significado. Pues bien, creo haber llegado a uno de esos momentos de lucidez mística, metamística incluso, al que muchos genios han querido aspirar desinflándose por el camino o cayendo en la droga o muriendo sin querer antes de llegar, a todos les honra el esfuerzo de haberlo intentado sabiendo que este momento hermoso, bello, agradecido, puro, no está al alcance de quien quiere, ni si quiera de quien puede, es más, creo que no es algo que se encuentra sino que es la propia verdad la que te encuentra, te elige, te señala a ti entre diez mil. Esto es así porque cada verdad necesita una boca que esté a la altura de su magnitud para así formularla de tal manera que cale en los corazones que la escucharán complacidos, vibrando al unísono, en una armonía de respeto y reconocimiento, pues toda verdad nos lleva al final al respeto y al reconocimiento de lo que antes quedaba excluido por otra verdad equívoca y escasa. También me he dado cuenta que una vez cesa el entusiasmo del principio, el éxtasis sexual que conlleva tal descubrimiento, la ilusión de haber recibido ese regalo que premia toda una existencia, aparece poco a poco la sensación de responsabilidad y piensas que quizá el mundo no está preparado para oír una verdad tan amplia, tan profunda y tan sincera. Cuando una nueva verdad acontece, por mucho que el corazón la sabe cierta, la mente se niega en rotundo a aceptarla, sin escrúpulos, sin argumentos, porque todo lo que había construido se derrumba. Recordemos la cantidad de gente que murió al predicar la redondez de la Tierra, o en la misma línea, lo que costó aceptar que no era el sol el que giraba alrededor de este planeta sino al revés. Las nuevas verdades por ser más ciertas son más negadas y menos comprendidas, pero al compartirlas su mensaje va llegando poco a poco, se queda sembrado en lo más profundo de cada alma, incluso codificado en los mismos genes de alguna u otra manera, pasando entre generaciones hasta que un día, después de mucho luchar, después de grandes sacrificios y disputas, será una verdad tan ampliamente aceptada que pasará a ser una obviedad. Y al contrario de lo que se piensa, este nuevo estado de obviedad no le va a restar el valor que de por sí ya tiene, se trata justamente del momento en el que como verdad alcanzará su mayor esplendor, su mayor potencial, su valor final. Y no hará falta esforzarse en mantenerla porque todo estará en ella y ella estará en todo, tan esencial como comer o respirar. Y pensaremos al mirar atrás, qué necios fuimos y cuán ciegos anduvimos. Es pues mi deber, como portador, como elegido por esta magnífica verdad, magnánima verdad que me supera, y aún sabiendo que no será entendida en este tiempo, y que serán las futuras generaciones quienes han de venir a recogerla y encargarse de que florezca en una nueva era de esperanza y entendimiento, el compartirla con ustedes (aunque se rían, aunque no la entiendan, aunque la desprecien porque no sean capaces de llegar a comprender todo cuanto abarca y de real y de verídico tiene):

Pez, reptil, insecto o ave,

incluso ornitorrinco,

y desde el primer mamífero

hasta el último humano,

fíjate bien que todos cagamos

por el mismo ano.

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