Escritura, Insperimentos, Narrativa, Relatos

Broken Doll (Fascículo 2)

¿Que a qué me refiero con que no fue una muerte cualquiera? Se nota que no ha visto muchas muertes…

Mire, aquel tipo estaba seco, chupado, le habían vaciado la vitalidad como si en vez de un ser humano fuera una uva pasa, en su identificación decía que había nacido en el ochenta y tres. ¡En el ochenta y tres! Y parecía que tuviera más de setenta años, ni las moscas parecían estar dispuestas a disputarse los restos. Fíjese, todavía se me pone la carne de gallina… Aún así el cadáver estaba limpio, ninguna marca, ningún resto de envenenamiento, ni la autopsia reveló enfermedad alguna. Ya se lo he dicho le habían secado, le habían absorbido la vida. No-no-no, no insinúo nada sobre vampiros ni chorradas de esas que tan de moda se han puesto, seré un borracho pero no soy imbécil. Inspeccionamos el cadáver, tomamos notas y sacamos las fotos oportunas. En el registro no encontramos nada extraño, no había huellas, rastros de sangre o pelo. Hasta aquí todo era una sensación extraña y nada más, los verdaderos problemas aparecieron después cuando vinieron a llevarse el cadáver.

En aquel momento yo estaba en las escaleras hablando con una de las vecinas del inmueble. La mujer vivía sola y declaró conocer al chico sólo de verlo pasar y tender la ropa. Se quejó de que unos meses antes había soportado ruidos y chillidos del muchacho, no me quiso dar muchos más detalles pero parecía claro que se refería a ruidos sexuales. Recuerdo perfectamente como sucedió, el cadáver navegaba embolsado sobre una camilla ante nosotros, la mujer dio un paso atrás santiguándose de cruces todo el cuerpo y en ese temeroso retroceso atinó a pisar la cola del gato. El chillido del gato distrajo al primero de los portadores del cadáver, la mujer ahogó un grito, el portador dobló un tobillo y, ante la duda entre soltar o no la camilla, hundió su nariz en el suelo. La escalera era muy blanca como para soportar tanto rojo chorreando. La bolsa con el cadáver, que de alguna manera extraña había conseguido volar por el hueco de la escalera, quedó colgada de un saliente como el capullo de una mariposa a la altura de la planta baja. La cremallera se había abierto un poco, nadie se percató de este hecho puesto que antes que al muerto interesaba atender al sangrante vivo. Una vecina entró con su hija al portal, paralizaron su marcha al ver aquel capullo triunfal abriéndose despacio, como sus bocas, y dejando salir el cuerpo reseco y gris del pobre Joaquín, inclinándose hacia fuera como un salmón mientras la sangre de la nariz del primer portador goteaba aquel cogote seco. La reacción de mi compañero, “el Prili”, que había bajado a ayudar no fue tan buena como a priori pensó él. Tratando de evitar otro drama agarró la bolsa para rescatar al muerto y alejarlo de la visión pálida de aquellas dos desafortunadas. El Prili tiró hacia arriba, el cadáver saltó hacia abajo. Lo más desagradable fue sin duda el sonido seco de carne dura impactando sobre el mármol, seguido del golpe húmedo de la madre desmayada y el llanto de la niña que no entendía por qué aquellas dos manos casi acariciaban sus pies.

La situación se solventó peor que mejor, pero se solventó. No pasó mucho más ese día. Recorrimos el camino de vuelta a la oficina, con alguna que otra burla sobre lo sucedido. Nos reíamos entonces, nos reíamos sin ganas en el fondo, nos reíamos porque nos teníamos que reír para tratar de arrastrar lejos de la mente el impacto de aquella escena tan limpia de crimen latente. Y no fue fácil reírnos, no cuando las fotos que sacamos de la escena se revelaron en negro, menos aún cuando el álbum de recuerdos de Joaquín, intacto al salir de suapartamento, se había evaporadoen hojas blancas.

¿Que te parece raro? ¿Crees que a nosotros no nos lo pareció entonces? Y ojalá hubiera sido el único evento extraordinario, esto no es más que el principio… ¡Camarera! Vale ya de tequila, ponnos dos cervezas por favor. No, no se preocupe que pago yo…

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