Escritura, Insperimentos, Reflexiones

El día sin juicio.

     En la mañana del doce de Abril, Elena, se levantó sin poder emitir un sólo juicio.

No surgió de ella al apagar el despertador el típico “maldito ruidito mañanero”, ni el “que mierda de termo” al estar la ducha fría o el “joder qué torpe soy” al caérsele una tostada al suelo por el lado de la mermelada. Era cierto que el ascensor tardaba y que paró en varios pisos en los que nadie abrió la puerta para entrar. También resultó que un perro había meado dentro del portal y, sin embargo, aquella áurea aureola de urea no promocionó en su mente ni una sola palabra de desdén, es más, ni siquiera llegóa dibujar el asco arrugado en su nariz. Ya en el coche, un achatarrado escarabajo de segunda mano cansado de hacer kilómetros de más, Elena no se inmutó pese a tardar en arrancar cinco minutos. De camino a la oficina, la rutina del embotellamiento no fermentó sus ánimos en burbujas de ira, como era de esperar, incluso se podría decir que la lentitud del avance le produjo una leve relajación apenas perceptible en su profundidad respiratoria. En lugar de usar el claxon como válvula de escape al frenesí de la prisa, lo utilizó por diversión, queriendo conversar con coches lejanos, llamándose unos a otros como si fueran una manada de lobos. Ni llegar tarde, ni aparcar en el lugar más lejano de la puerta evitaron que esa mañana del doce de Abril floreciera en ella un rubor de desconocida y lejana alegría.

     La extraña situación interna de Elena se hizo notar al instante. Nada más entró por la puerta, manó de su boca un buenos días, sincero como el agua cristalina, iluminado con una sonrisa tal que el recepcionista, acostumbrado a recibir las tensiones ajenas, quedó tontamente aturdido. Ese día causó furor en la oficina, caminaba suelta, relajada, arraigada al suelo, segura de sí misma. Al mirar alrededor no había caras feas, ni bonitas, no había rastro de los pesados de turno, ni tuvo palabras para las criticonas de siempre. Las pilas de papeles no fueron interminables, las reuniones no supusieron un aburrimiento y el café sabía a lo que sabía, mas su sabor no era ni malo ni bueno. Se sintió rápida y certera al realizar sus tareas. Su concentración era el cauce que guiaba su energía, tenía tal empuje y fluía con tal fuerza que los problemas se transformaron en retos y así, por primera vez desde su infancia, el presente fue un presente atendido y saboreado en el momento.

     Ese día, Elena, llegó a casa agradecida. Como todo ser viviente, era consciente de que vivía, y como todo ser viviente, siempre había querido hacer “algo” con su vida y no había encontrado exactamente el qué. Sin embargo, ese día había encontrado la respuesta, tan simple, tan sencilla, tan cercana… Y pese a que la mañana del trece de Abril, Elena, se levantó de nuevo juzgando, había un pequeño recordatorio frente a la cama que le recordaría cada día durante muchos años que “La vida tiene sentido cuando es sentida, así que sólo por hoy siente la vida más que ayer”.

 

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