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Sueños de césped

La mirada del halcón rastrea el aroma del césped recién cortado en busca de ingenuas palomas de blancolivo encanto. La rueda del carretillo avanza con la mañana clara, tirando a su paso el polvo de cal que delimita el campo, se acaba la madrugada.

Se respira aire de sueño en este campo de juego, en este campo de verde esperanza, en este campo de lucha, de penosas victorias, de alegres derrotas, cantos y alabanzas. Campo que dormido espera entre diez mil asientos vacíos y muros de hormigón armado. Armado viene el aire de fuera, que reparte pedacitos de humo, humo y violencia, violencia y gritos, gritos sin casas, casas de hambre, hambre de un césped que no da de comer.

Dentro del hotel, a diferencia del estadio, sí se oyen los ruidos de fuera, pues unas simples persianas no pueden acallar el estruendo de mil voces. Mil voces juntas, reunidas entorno a la libertad, pidiendo comprensión, denunciando que el olvido se acaparó de sus necesidades. Tanto penetran los bramidos que, en la mañana de césped recién cortado, los tres capitanes de la selección observan curiosos la protesta manihecha en pancartas con residuos de cartón. Para poder escuchar mejor, abren la ventana y se asoman, compartiendo miradas y encogimientos de hombros al no entender aquellas proclamas. Sus corazones son testigos de algo que los oídos no entienden. La protesta se acalora y uno de los operarios del hotel avisa a los manifestantes de la llegada inminente de la policía. El hombre trata desesperadamente que los manifestantes se marchen y se disuelvan sin más problemas, mas nadie se va. Las sirenas se embarcan en furgones negros y corren repartiendo su canto de histeria armada entre las calles, la violencia se avecina y los manifestantes no se mueven; el ceño fruncido de la violencia llega y los manifestantes resisten ejerciendo la paz. El brazo violentamente legítimo del Estado carga contra los olvidados de la mayoría, que no quieren moverse, que buscan ser escuchados. Y así, sin ser escuchados, los manifestantes de alma magullada, marchan doblegados bajo el agresivo sello policial, derramando su impotencia ante unas personas disfrazadas de autoridad. De esta forma, en silencio, es como las mil voces rodean la valla del ajardinado hotel, tomando la carretera que serpentea entre los montes.

Aquellos pasos de muda tristeza contrastan con la indignación de una mujer que no quiere darse por vencida, que quiere que su mensaje sea escuchado y en un alarde de desesperanza, lanza su cartel al jardín, al otro lado de la frontera que separa, no un pedazo de tierra, sino un pedazo del alma humana. Testigos de este hecho, y sin que los policías se percaten, los tres capitanes deciden bajar corriendo las escaleras en busca de aquel mensaje náufrago. Llegan rápido y tarde, el cartel no está ya en el jardín. Sin darse por vencidos empiezan a mirar a todas partes, rodeando el edificio corriendo hasta que uno de ellos divisa una puerta que se cierra queriendo esconder un pedazo de cartón. Tratan de abrir la puerta sin éxito, aporrean el metal con puños y patadas y, de repente, un chasquido los detiene. La puerta se abre despacio, dejando que salga el frescor de las sombras, y tras ella asoma una cabeza de pelo oscuro y ojos de tímido ardor.

¿Hablas español? ¿Espanis?

¿Spanish? Sí, claro.

¿Has sido tú el que ha cogido una pancarta del jardín?

¿Qué pancarta?

Una de cartón.

¿De cartón?

Y que estaba en la hierba hace un momento.

No, no he cogido nada.

Miente. Éste fue el que avisó a los manifestantes de que venía la policía.

Es verdad, hemos visto como hablabas con ellos momentos antes. No trates de engañarnos.

Venga, no quieras hacerte el loco y habla.

Bueno, ¿y qué quieren de mi?

Sólo queremos saber.

Conocer qué ocurre, qué decía esa gente.

Confía en nosotros.

De acuerdo, pasen. Pero no digan nada, no quiero que me echen, sólo trataba de ahorrar problemas, no más.

Las escaleras suben bajo los pies de los tres capitanes, que siguen fielmente la estela que deja el empleado del hotel. Las tuberías, antes rectas, ahora se retuercen en el techo, vaporizando sudor, calentando el ruido húmedo de las calderas.

Aquí está bien. Miren este es el cartel.

¿Y qué dice?

–“Menos balones, más escuelas.”

El aire sopla fuego en la tarde distraída. Los carteles anuncian que hay partido, el campo está asfaltado y las vallas dispuestas. Ambos equipos han saltado al terreno de juego con muchas ganas. Aunque las alineaciones ya se sabían de antemano, ha habido sorpresas de última hora. A la izquierda están alineadas las personas de a pie, ciudadanos corrientes portando banderas y carteles, su principal baza es la unión masiva y la esperanza; a la derecha calientan ya los funcionarios estatales, vestidos de negro, portan porras, gases y pistolas. Para este partido la FIFA no dispuso árbitros pero las normas son claras, sólo puede ganar uno. La sorpresa de última hora es que en el equipo de a pie, tres nuevos fichajes quieren aportar su toque, tres capitanes de otra selección que se han prestado a disputar este importante encuentro. Los equipos comienzan a medirse, la masa de a pie empieza dominando, avanza tocando, vuelan los gritos de boca en boca, mantiene la presión y poco a poco se acerca intimidando al contrario que, aunque aguanta, sigue sin pasar del medio campo. Las ocasiones se suceden para el equipo de los manifestantes, pero el marcador no se mueve. Por ahora el juego está siendo limpio por ambas partes, tan sólo hay que destacar un par de faltas de los funcionarios y algún que otro encontronazo fruto de la agresividad con la que se desarrolla el encuentro. El entrenador de los mercenarios esconde sus cartas, la tensión aumenta y los equipos se empiezan a impacientar. Los gritos y las banderas acorralan al equipo negro que arrebata la posesión y realiza un contraataque por la banda derecha, la masa se repliega en carrera tratando de cerrar hueco sin mucho éxito. Los de negro realizan un preciso cambio de juego, un gran pase largo en busca del desmarque de las porras por la otra banda, pillando desprevenida a la zaga del equipo contrario. Las pelotas de goma y los gases lacrimógenos dividen a la masa que recula desesperada. Las agresiones se suceden, agravadas por el avance de los centrales que cierran ya líneas entorno a los manifestantes restantes. El ataque final deja decenas de detenidos, cientos de heridos y daños profundos en la moral, dejando el marcador favorable al equipo estatal al finalizar el partido. Una vez pitado el final, lo que queda de masa se retira del campo, quedando en puestos de descenso y sin muchas más opciones.

Tras el espectáculo visto, la tensión vivida y los testimonios compartidos, los tres capitanes vuelven en taxi hacia el hotel. Los pensamientos nadan en un mar de emociones contrariadas, mezcladas con el sabor del despertar de la ética y el amargor del ego y, por la rendija de sus corazones dormidos, la compasión asoma valiente por primera vez. Al llegar al hotel de concentración deciden reunir al resto de la plantilla y al equipo técnico, compañeros de expedición a quienes relatan lo vivido. El brillo sincero de sus palabras, la empatía en sus gestos y el ímpetu justiciero, colman de humanidad aquella habitación de hotel donde la selección espera sus próximos partidos. La gravedad de los acontecimientos, unido a la floración de la empatía, hace que la decisión esté más que clara y, ratificada en un total consenso, la llevarán a cabo conociendo lo que arriesgan, aceptando que las consecuencias podrían ser nefastas para sus carreras pero sabiendo, que la profundidad de un sólo acto puede cambiar el destino de toda una sociedad. Así es como esta selección de héroes, condecorados y recordados por dar patadas a un balón, se han descubierto mundanos.

En la noche de césped recién regado, los focos apuntan hacia la ausencia de los halcones. Las cámaras graban la salida de los jugadores de ambas selecciones, retransmitiendo este momento a miles de hogares en todo el mundo. Los tres capitanes salen en cabeza, vestidos con ropas de calle, cada jugador porta un cartel manihecho de cartón con un mensaje de apoyo a la masa de a pie. El estadio entero enmudece atónito. Los reporteros de todo el mundo saltan y aletean como buitres en busca de carroña informativa, una gran portada, un gran titular que venda bien en la mañana del día siguiente. En los bares ya se discute la honorable estupidez del acto, respetable o irresponsable dependiendo de la visión de cada persona. Fuera del estadio la gente llora o ríe al son de la samba, agradeciendo con la danza el gesto de esta selección que se marcha voluntariamente a su país, negándose a tapar como futbolistas lo que es necesario defender como seres humanos. Esta noche, sobre el olor del césped recién regado, vuelan tranquilas las palomas.

En la mañana de césped recién cortado, Juan se levanta tan entusiasmado por el partido que rápidamente se olvida del sueño que acaba de tener. Algo de halcones y palomas en Brasil. Pero no importa porque hoy su selección se lo juega todo, ¿todo el qué? Todo el orgullo, el honor, los atributos del ego. Juan adora a esos veintidós muchachitos, a esos héroes de revista, mundialmente conocidos por ser capaces de lograr grandes gestas y éxitos como introducir una pequeña esfera en un gran rectángulo. Capaces de correr durante noventa minutos, estas súper-estrellas dan sentido y refugio a una sociedad perdida, desanimada y sin esperanza. Su gran talento, recompensado con desorbitadas cantidades de dinero y deuda, es la envidia de los chiquillos que sueñan con jugar de mayores en un prado de hierba. A Juan las horas se le pasan volando entre risas, cervezas y copas porque el alcohol mata despacio la vida y rápido el tiempo, pero esto no se nota hasta el final. Volando es que llega la noche y con la noche el partido, partido jugado, jugado y perdido. Pronto pierde Juan la risa y la confianza en sus ídolos, que regresan a su país habiendo tapado con su fútbol el clamor de quienes sufren olvidados. Así gana de nuevo el entretenimiento desmigado que aplana la mente del espectador y mata la empatía que nos une. El entretenimiento viene a llenar el vacío necesario para la escucha mutua e impedir, absorbiendo la energía a través de las pantallas, la comprensión profunda de la relación humana. Esta noche, lejos del césped recién pisado, cazan palomas blancolivas negrihalcones disfrazados de absurda autoridad.

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