Artículo, psicología

La flor de las emociones

   Hace tiempo que quería presentar en mi web el modelo de la flor de las emociones. Modelo con el que trabajo en cursos y talleres y que he ideado para explicar la complejidad del proceso emocional de forma sencilla, clara y útil. Lo que sigue a continuación es un fragmento del libro que estoy escribiendo en el que trato de poner todo lo que considero útil de cuanto conozco sobre el mundo de las emociones a través de este modelo. Aquí en frío podría parecer complicado, pero en realidad es muy sencillo de entender. Espero que a aquellos que habéis tenido la oportunidad de acudir a alguno de mis talleres este fragmento os pueda refrescar lo que allí hablamos para que sigáis madurando y disfrutando de vuestro camino.

La flor de las emociones

   Esta flor de cinco pétalos es el resultado de años de experiencia, estudio e investigación, observación y madurez personales, así como diálogos y escucha sobre cómo otras personas relataban sus procesos emocionales. Es un gráfico principalmente descriptivo, con fines pedagógicos, que permite ordenar la experiencia emocional de forma coherente para ser práctico y ayudar a las personas a trabajar con sus emociones de forma sana y profunda, guiándolas desde la superficie del Mundo hacia las raíces ocultas del Yo.

Breve Introducción a la Flor de las Emociones

   Para iniciar esta primera aproximación a los aromas y colores de esta flor, voy a utilizar una analogía conocida y útil: las emociones son agua.

   El ciclo emocional se parece mucho al ciclo del agua: todo empieza en la madre de todas las aguas, el océano. El océano es el centro de las aguas, es el lugar del que todas las aguas parten y al que todas las aguas vuelven. Pero el océano por sí solo no es capaz de generar el ciclo del agua, necesita de un otro que le ayude y ese otro es el sol. Si no fuera por el sol las aguas permanecerían felizmente en la matriz del océano; es gracias a la energía solar que el océano se calienta haciendo que las aguas entren en acción, el ciclo se pone en funcionamiento, las aguas se evaporan, ascienden y se condensan formando nubes. Esas nubes transportadas por el viento se adentran en la tierra, y llegado el momento se precipitan en forma de lluvia sobre la superficie. La superficie de la tierra no es enteramente llana, sino que tiene relieves, desniveles y porosidades que el agua recorre formando cauces, abriéndose siempre paso hacia el océano, pues el agua añora descansar en el origen.

   El ciclo no es uniforme, de cómo sea la relación entre sol y océano dependerá lo abundantes que sean las lluvias; y de la forma y características del terreno dependerán los posibles recorridos que pueda realizar el agua. De esta manera tenemos que cuando el sol calienta mucho, las lluvias son abundantes, hasta el punto de generar incontrolables torrentes o inundaciones que arrasan con todo lo que encuentran a su paso. Cuando la lluvia es escasa los terrenos se secan y el paisaje pierde vida y color. Para no estar enteramente a merced de la voluntad de estos elementos, hemos aprendido a jugar con el ciclo del agua para adaptarnos y sacar provecho: construimos embalses que nos permiten contener las aguas y dosificarlas; aprovechamos su fuerza motriz para mover molinos, embarcaciones y generar energía; edificamos diques para evitar los desbordamientos y las inundaciones; y a través de canales nutrimos nuestros huertos y jardines. Lo tenemos claro, el agua es vida.

   Pues bien, el ciclo de las emociones es como el ciclo del agua: existe un océano donde las emociones están en potencia, latentes, descansando en una matriz equilibrada; este océano es el centro del que todas las emociones parten y al que todas las emociones vuelven; yo lo llamo calma. La calma no es una emoción más, sino que es la madre de todas las emociones, al igual que el silencio permite la existencia de la palabra, la calma sostiene la existencia de todas las emociones. La calma es el estado básico en el que nuestras fuerzas emocionales están en equilibrio, y mientras nada nos perturbe todo está en constante quietud. Las emociones pre-existen en ella sólo en potencia, y para que esta potencia se exprese necesita de un otro que con su presencia genere una perturbación, un desequilibrio. Este desequilibrio surge gracias a la relación con el otro y hace que la energía emocional en potencia se desate iniciando así el movimiento del ciclo. Esta energía emocional que brota de la calma, sube a nuestro cielo, la mente, que dirige las nubes emocionales hacia la tierra. La energía emocional se precipita entonces a través de nuestros terrenos, generando o recorriendo nuestros surcos y cauces. Estos surcos y cauces que canalizan la energía emocional son nuestros esquemas, nuestras tendencias humanas, nuestro bagaje cultural, la educación familiar y social, los aprendizajes, valores e ideales que nos sirven para percibir y actuar en la realidad que vivimos. Y todo esto ocurre generalmente de forma involuntaria, sin que nosotros tengamos que realizar esfuerzos conscientes. A veces intervenimos para gestionar este ciclo y hacemos embalses para que la energía emocional no salga y no se exprese; la canalizamos para que no nos desborde o para alimentar zonas que en otros tiempos quedaron marchitas; en ocasiones nos calentamos tanto que sentimos estar a punto de estallar y otras nos enfriamos lo suficiente para que la energía se congele y se detenga. Al igual que el agua, las emociones buscan regresar siempre a la calma, y así sucede a menos que nosotros interrumpamos su ciclo aferrándonos a ellas e impidiendo que su flujo continúe. El ciclo emocional nos enriquece y nutre, nos mueve y nos modifica, y aunque a veces pueda arrasar con todo y resultar doloroso, al igual que el agua, la emoción es vida.

   La flor de las emociones refleja lo aquí relatado. El pétalo verde es la relación entre el Yo que percibe, siente y actúa, y el Mundo, ese otro cuya sola presencia nos estimula y desequilibra. El pétalo amarillo simboliza la energía emocional, el agua que gracias al desequilibrio o la estimulación del otro inicia su movimiento y genera los cambios oportunos en cielo y tierra, mente y cuerpo. El pétalo rojo representa el movimiento del ciclo de las emociones, es la expresión motriz o cinética de la energía emocional y señala los cambios que genera la emoción tanto dentro de nosotros como fuera. El pétalo azul hace referencia a los esquemas, que son los cauces por los que la energía emocional se mueve, estos esquemas son las gafas con las que miramos el Mundo y nos dicen como obrar en cada momento. El pétalo morado es la involuntariedad, que representa la autonomía y el automatismo con el que todo este proceso nos ocurre, seamos o no conscientes de ello.

Resumen:

   Las emociones se producen por que el Yo, al estar en constante relación con el Mundo, se estimula y genera un desequilibrio que desata un flujo de energía emocional. Ese flujo de energía emocional es canalizada por un esquema concreto, que resuena con la circunstancia presente que el Yo esté viviendo; el esquema le dice al Yo cómo tiene que entender el Mundo que percibe y de qué manera tiene que actuar frente a él, poniéndole en movimiento. Todo este proceso ocurre de forma involuntaria, pues el Yo no elige las emociones que siente en cada momento de su relación con el Mundo, sino que éstas aparecen de forma automática y repentina.

 

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