Narrativas de la Maternidad

Nota aclaratoria

Cuando escribo Madre, Padre o Hijo con mayúsculas, los utilizo como símbolos, como fuerzas arquetípicas que pueden tomar innumerables formas de expresión. Las energías Maternales no sólo hacen referencia a la mujer, también el hombre cuenta con expresiones y características Maternales. En la biología femenina se expresa más claramente la Maternidad, pero no por ello hemos de reducir lo Maternal a la mujer ni la mujer a lo Maternal. Estas reducciones simplistas forman parte de una narrativa patriarcal anticuada y egoísta. Debido a ello, a veces hay miedo por recurrir a estos conceptos, miedo a retroceder en la lucha de la mujer. Una lucha en la que siento con fuerza el latido vivo de la Madre deseando recuperar su lugar en nuestras conciencias. No hemos de temer a la Madre, sino a quienes se apoderan de Ella para explotar su poder. Necesitamos recuperar las narrativas sobre la Maternidad, hacerlas nuestras y a través de ellas, reapropiarnos de este potente símbolo para canalizar su fuerza hacia una sociedad convivencial en el que la realidad del cuidado mutuo y no el sueño del éxito egoísta sea un pilar elemental. Tomemos nuestra responsabilidad como Hijos, mostremos a nuestro Padre y a nuestra Madre uno de los muchos caminos del amor.

Introducción

Nos quitamos del medio los mitos, pues parecían estorbar la visión de la Realidad, y así abandonamos los viejos símbolos, los olvidamos y empezamos a jugar a una nueva forma de mirar y nombrar. Pensamos que lo que hacíamos era distinto, más puro y objetivo, creíamos estar descubriendo el rostro verdadero de la Realidad. La materia, tan sólida y perceptible, ridiculizaba la ligera, sutil y efímera presencia de los dioses: las aguas del océano dejaron de ser Abuela para ser sopa química, el glorioso Zeus vio disuelto su orgullo en una eyaculación de electrones fruto del roce entre las nubes, y la Madre Tierra se hizo polvo mineral bajo nuestros pies. Transformamos lo divino en mundano, profanamos el templo, comimos de nuevo de la manzana del conocimiento, y un nuevo entendimiento de la existencia fue suplantando al anterior.

Pero resultó que esa materia tan sólida se deshizo en nuestras manos; cuando creíamos haberla comprendido en su casi totalidad, se mostró igual de ligera, sutil y efímera que nuestros antiguos dioses. Habíamos sacrificado lo subjetivo por lo objetivo, lo inmaterial por lo material, lo divino por lo mundano, para darnos de bruces con un nuevo rostro de la Realidad, uno de sus diez mil rostros. Cierto es que ganamos en técnica y conocimiento, hemos vivido un esplendor tecnológico sin precedentes y con él, contraído una deuda existencial, ética y ecológica a una escala jamás vista.

Desantropomorfizamos el mundo, como si pudiéramos adquirir un conocimiento más que humano y, al hacerlo, le perdimos el miedo y la reverencia. De tal forma que a la Abuela océano la alimentamos con plástico; a la Madre Tierra la explotamos sin respeto ni descanso, ensuciando su cuerpo con los deshechos de nuestro sediento yoísmo. El cuadro de nuestra realidad es tan patético que hemos inventado otro paralelo, ligero, sutil y efímero, enmarcado en la Pantalla. Una ilusión virtual que distrae nuestra ansiedad existencial y le evita a la conciencia sentir el peso de la culpa, una culpa imposible de curar sin recuperar los símbolos. No se le puede pedir perdón a una sopa química, ni al polvo muerto, para pedirle perdón a la Tierra necesitamos una Madre viva ante la cual poder arrodillarnos. Necesitamos saber que nuestras lágrimas no son sólo una secreción corporal empapando una colección de minerales inertes, sino que son el arrepentimiento por nuestros excesos derramándose sobre el útero herido que nos dio a luz, sobre los pechos nutricios que sostienen nuestra improbable existencia, sobre la boca que un día ha de ser lecho que digiera y transforme nuestra muerte en un nuevo re-nacer.

Es preciso recuperar el símbolo y la reverencia, reconocer que nuestro mundo no puede no ser antropomórfico, no mientras vivamos nuestra existencia bajo una forma y mente humanas. Ningún mito fue ingenuo, ingenua fue nuestra mirada y la incomprensión de aquel rostro de la Realidad. Necesitamos volver a alimentarnos de imágenes, nutrir nuestra necesidad simbólica, para reconducir nuestra forma insana de relacionarnos con el resto de la existencia.

 

El parto humano

El médico mira y sólo ve vísceras, carne y sangre, tejidos, órganos y células. Atiende a una máquina biológica que está preparándose para realizar una secreción corporal. Si el altavoz del dolor suena conecta el silenciador epidural; si la estrecha puerta vaginal se abre despacio recurre al bisturí como llave; dilatación hormonal extra para no gastar la mañana entera en un proceso tan cotidiano; y, si aún así, la máquina no responde y el proceso se complica: cortar, sacar y soldar.

Aunque un nuevo nacimiento sea una alegría, hemos convertido el parto en casi una enfermedad, en un complejo de síntomas fisiológicos que un alto porcentaje del género femenino padece una o varias ocasiones a lo largo de su vida activa, y a través del cual excretan una nueva máquina biológica humana. Para el padre y la madre es la alegría de satisfacer un deseo propio; para el Estado un nuevo individuo en propiedad que moldear adaptado a su engranaje; para nuestra pasada religión el dolor del castigo divino; para la economía un nuevo consumidor; para la especie la esperanza de la supervivencia.

¿A caso parir debería ser algo más que esto?

 

El parto no humano

Bajo el insidioso amoniaco de la orina, mamá vaca tumba, sobre paja mugrienta y excremento, un cuerpo exhausto de preñarse. Muge un suspiro de indefensión al que sus compañeras responden en cadena, resonando con la sintonía gris de unos ojos apagados que jamás conocerán el verdor fresco de los pastos. Así pasa los días, sabiendo por experiencia que lo que está criando en sus entrañas, apenas llegará a acariciar sus ubres antes de ser encerrado en el cajetín de la anemia, el cual mantendrá sus músculos tiernos y rosados para el ciego deleite de los paladares humanos. Cuando eso ocurra, cuando el calor húmedo y juguetón de la lengua recién nacida haya sido consumido, entonces será llevada de vuelta al corral de las lecheras, junto al resto de madres, para que las máquinas terminen de exprimir los restos de su maternidad. Y aguantará como las demás, un año tras otro, por que aún es demasiado joven como para que la vida deje de empujar.

Si el parto humano es poco más que un proceso de la maquinaria biológica, el parto de una hembra no humana es una simple secreción alimentaria. Una cerda o una vaca son glándulas reproductivas capaces de poner en marcha su producción, una y otra vez, en presencia del fluido seminal de un macho de su especie. Hemos desposeído a otros animales de su maternidad para beneficio exclusivo de nuestros antropoegocéntricos deseos. El tufo nervioso de la razón se colocó a sí mismo en lo alto de una ligera, sutil y efímera pirámide evolutiva; un trono subjetivo desde el que toda tiranía está objetiva y racionalmente justificada. Las atrocidades que en el pasado hallaban su escudo en el nombre de un dios hoy se perpetúan en nombre de la comodidad, la ciencia y el crecimiento. Somos capaces de reducir, explotar y matar a cualquier especie; arrinconarlas en un mínimo hábitat; adiestrarlas con el único fin de satisfacer nuestros intereses; las torturamos, modificamos sus genes, drogamos y diseccionamos sus cuerpos vivos con tal de extraer una ínfima gotita de ese néctar dulce que nos pierde y que llamamos conocimiento.

Incapaces de renunciar al fruto de la explotación, con el cuerpo obeso y el Yo embriagado de libertad ¿quién sacrificará parte de sus placeres y sueños propios en beneficio de quienes considera inferiores?

 

La Tierra

El planeta es una canica de polvo y agua, un asiento inerte para la vida humana. Antes de morir Dios, ya había muerto la Madre Tierra. Llevamos siglos pisando sus cenizas, codiciando su cuerpo, exprimiendo sus fluidos, expoliando sus joyas y, sobre todo, consumiendo su fertilidad: su cualidad de ser la matriz receptiva en la que la vida se gesta, se sostiene y se re-integra.

Esto es así porque a ojos de nuestra actual simbología, la Tierra no es más que un conjunto azaroso de elementos que, junto a la sopa química, permitieron otra azarosa combinación llamada vida. Nosotros, victoriosos héroes de la evolución aferrados a la cúspide, batallamos por sus restos, dominando y explotando su cuerpo sin respeto. Somos los Hijos emancipados que luchan por repartirse la herencia, soñando ostentar un trono en el que nuestros pies cuelgan: el poder de gestar y ordenar la vida.

Todo es nuestro, todo se puede poseer, conquistar, tomar, coger, comprar y vender, arrasar, destruir, modificar, trasladar, rectificar, abandonar… Podemos agotar y envenenar los ríos y modificar su curso; ahuecar montañas y perforar el suelo en este y aquel lugar; talar y quemar sin miramientos bosques y selvas; construir lo que nos apetezca en cualquier sitio; llenar de luz la noche y vaciar los mares y océanos de peces; podemos reventar el planeta con bombas atómicas; y desperdigar nuestros excrementos, suciedad y desperdicios por tierra, aire y mar. Podemos hacer todo esto y más, como si viviéramos solos y como si únicamente nuestros propios intereses merecieran respeto y consideración. Lo más importante es que disfrutemos, que sigamos creciendo y creciendo, que vivamos bien, que estemos cómodos y que no nos falte de nada; sobre todo que no me falte de nada a mí, ni tampoco a los míos.

¿Quién puede oponerse a nosotros? ¿Ante quién rendimos cuentas por nuestra perpetua y desmesurada irresponsabilidad colectiva? ¿Quién o qué puede poner freno a nuestra dañina, destructiva y despótica regencia?

 

La Violación de la Madre

Padre-Madre-Hijo es una tríada arquetípica indivisible: cada uno se define en relación a los otros dos, se necesitan para existir, son interdependientes y se condicionan mutuamente. Ninguno es, por lo tanto, más o menos importante que los otros, sin embargo, cada uno posee unas cualidades diferentes. De las cualidades de los tres, las maternales destacan tanto por la complejidad del proceso de gestación, como por la íntima relación que la Madre tiene con el Padre y con el Hijo. Íntima en sentido literal, en cuanto que el Padre penetra en la Madre, alcanzando su interior, interior en el que se gesta y del que brota el Hijo; con otras palabras: la Madre interioriza al Padre para exteriorizar al Hijo. Estas cualidades, junto a la lactancia, otorgan a la Maternidad un lugar central e imprescindible que la han llevado a ser raptada, disputada y dominada desde hace siglos.

La Madre es siempre más codiciada por ser la dadora del fruto. Lo vemos muy claramente en la dominación que ejercemos sobre otros animales, donde el macho es sólo útil para hacer que las hembras produzcan. Incurrimos así en la matanza sistemática de los machos sobrantes, para explotar de forma rentable e intensiva la capacidad productiva y nutricia de las hembras y poder devorar y consumir sus crías. Es el mismo patrón de explotación que aplicamos a la Tierra, cuya fertilidad y frutos son siempre objeto de deseo para la sed avariciosa del consumismo de nuestra sociedad. Y por las mismas razones llevamos siglos castrando, condenando y dominando la maternidad humana, reduciendo a la mujer a sus capacidades (re)productivas y nutricias, castrando su placer y sexualidad, su libre expresión, infravalorando sus capacidades, utilizándola como mercancía de intercambio, como tierra de conquista y posesión.

Mirar la productividad como una cualidad maternal, nos permite alargar el hilo e incluir aquí la dominación sobre los medios productivos y la explotación laboral; y yendo un poco más allá podemos reconocer que toda maternidad tiene unos ciclos y unos ritmos necesarios para su correcto y equilibrado desempeño, cuya alteración produce serios desajustes. Nuestro orden industrializado de producción intensiva explota estos ciclos, tratando de acortar las fases no productivas y mantener y prolongar las productivas. Esta manera de actuar agota una tierra que se empobrece, seca los acuíferos, arrasa los bosques y escatima las especies animales. Los animales explotados para consumo humano ven acortadas sus vidas drásticamente, acusando este desgaste físico que supone ser una madre sin descanso (sirva como dato ejemplificador la vida de una vaca, que pudiendo alcanzar los quince o veinte años de edad, el ritmo de explotación industrial reduce su vida a una media de cinco años). Un sistema que produce de forma constante e intensiva acarrea enormes deudas ecológicas, éticas, sociales y personales. Forzar la maternidad al frenético ritmo industrial es un gravísimo error condenatorio, una violación en cadena, constante, perpetua.

Es imprescindible recuperar la Maternidad, rescatarla y defenderla; en Ella está la clave para encauzar esta locura milenaria que arrastramos y que nos conduce a una devastación sin precedentes.

La ausencia del Padre

Durante un largo periodo, las narrativas imperantes sobre la maternidad mantenían al padre ausente, alejado. En su papel de proveedor oficial de protección y bienes materiales, su actividad se centraba en el exterior. Su presencia era sólo requerida en el inicio, después podía desaparecer del mapa. Hace menos de veinte años un hombre no podía acompañar a su pareja durante el parto, debía esperar fuera. El peso laboral también acarreaba una ausencia en la crianza, la cual había de recaer forzosamente, y aún sigue recayendo, en general, sobre la mujer.

Para la mayor parte de los varones la maternidad es una cuestión ajena, que suscita poco o ningún interés. Acostumbrados a la combatividad, las jerarquías y la competencia, los varones aprendemos bien a atacar, huir y defender pero poco a cuidar. La ternura, la dulzura, la dedicación o la sensibilidad son terrenos pantanosos para muchos, por los que sus pies se mueven torpes. Muchos varones no soportan el dolor emocional, a cambio planean venganzas: la ley del ojo por ojo, mano por mano, pie por pie, sangre por sangre, vida por vida, que los patriarcas judíos escribieron en su libro y que, a pesar de la valiente derogación que hiciera un tal Jesús, hoy sigue tan vigente, aun en tierras antaño cristianas.

La narrativa masculina dice: “proteged a las mujeres y los niños”, nada dice acerca de cuidar; “mantén a tu mujer y a tus hijos” y así es como muchos varones expresan su amor a través de la manutención, quedando ausentes las caricias, abrazos y besos.

Si la ausencia del padre humano es detectable en nuestra sociedad, más fácil es detectar su ausencia en la explotación de animales no humanos, en la que en muchas ocasiones el padre es una jeringuilla repleta de semen que el granjero inyecta en la vagina de la hembra. Semental o jeringuilla, en cualquier caso, la única función del macho en la industria alimentaria es, como ya he mencionado, inseminar, estimular el potencial (re)productivo de las hembras.

Es necesaria una narrativa de la Maternidad en la que el Padre recupere su presencia, no de cualquier manera, sino defendiendo y rescatando una maternidad respetuosa y sana, otorgándole el lugar central que le pertenece, y apostar por una crianza compartida y cálida. Abandonemos la posesión para recuperar el regazo.

 

La tiranía del hijo

Al perder la reverencia y el miedo, maniatamos a la Madre, rasgamos sus vestiduras y nos encaramamos a sus pechos con ansiosa sed de poder. Mutilamos su cuerpo para nuestra satisfacción y deleite, ensuciamos su envidiosa belleza con la insidiosa podredumbre de nuestros desechos. Nos enfrentamos a nuestros hermanos y pisoteamos su presencia, persiguiéndolos a base de arco y escopeta, fuego y hacha. Pareciera que deseáramos inspirar el mismo terror que un día nos despertó el poder destructor de la Madre, y exigir la reverencia que antaño ofrecíamos a su nutricia y creativa benevolencia.

Poco a poco, la Madre se fue haciendo menos madre y más polvo, de poco sirvieron los castigos y mandamientos de un Padre que sería el siguiente en caer en el olvido de la ausencia. Finalmente nos sacudimos el título de Hijos para nombrarnos dueños y señores de la creación.

Acostumbrados a la paciente sumisión de la Madre, hemos olvidado el estallido de su cólera, su tercera dimensión, la destructora. Hoy, la Madre, empieza a presentar síntomas de desgaste y escasez y la fiebre calienta notablemente su cuerpo enfermo. Nuestra irresponsabilidad ha empezado a sudar miedo, vergüenza y culpa. Hay un inmenso dolor oculto que gobierna en secreto todo este drama. Y aún jugamos a no verlo, refugiados y distraídos frente a las Pantallas.

 

Recuperar el Símbolo Mítico

Todo cuanto vemos y percibimos es el fruto de la Madre Primordial, que con el hábil telar de sus manos mueve los hilos de la Realidad, tejiendo un tapiz dinámico, múltiple y cambiante. Es la tejedora cósmica que enhebra, mide y corta el hilo de nuestras vidas. Es útero fértil de creación, nutricios pechos de sustento y terrible boca que todo engulle. Esta es su triple actividad, las tres caras de la Madre.

En su forma fértil y receptiva Ella es seductora bailarina, amante apasionada, afanosa hilandera, brillante artesana, armoniosa compositora de la sinfonía universal, sabia creadora del orden.

En su forma sustentadora es el alimento de su propia creación, que se amamanta de la abundancia de su pecho; es cuerpo y cobijo de toda criatura; es calor, caricia y ternura; es manantial fluido que sacia el hambre y la sed del mundo; piadoso y comprensivo regazo.

En su forma destructiva es terror y caos, ignorancia, muerte y aniquilación; engullidora de criaturas y mundos, es el tiempo que nos devora; la dama blanca del beso frío; océano donde regresan todos los ríos; enfermedad y rigidez, vejez y decrepitud; es la angustia del desorden que desteje lo tejido; fin de todas las cosas.

Tras engullir la totalidad de su creación, la Gran Madre cesa toda actividad y regresa a su silenciosa y apacible Calma, donde queda sumida en un necesario descanso que le permite recuperar todo su potencial. Así volverá a ser un vientre receptivo e iniciará un nuevo ciclo de Maternidad.

Pero para que esta maravillosa, abundante y terrible Artesana ponga en marcha sus habilidades y desate todo su poder, necesita la estimulación de un encuentro amoroso que despierte en su interior el pálpito de la pasión y perturbe la quietud de sus aguas, necesita la presencia del Padre Primordial. Sin presencia de esta otra naturaleza la Tejedora no mueve sus hilos y sus labios permanecen cerrados en un profundo silencio. El Padre es la pulsación, el latido que inicia la acción materna; y es a la vez testigo participativo, observador atento y noble compañero que alimenta la actividad de la Artesana.

Estas dos naturalezas, estas dos fuerzas arquetípicas originarias, participan en el ancestral juego de encontrarse, de pillarse, de seducirse y atraerse. Un juego de amor cósmico a través del cual la Madre interioriza la presencia del Padre, tomando de él el blanco hilo que dotará de vida su creación. La Madre comienza entonces a tejer en su interior el tapiz idóneo de la Realidad, entrelazando y envolviendo la presencia del Padre, la trama, entre sus propios hilos, la urdimbre. Y pronto, el silencio de la calma va dando paso a la tensión de un silencio preñado, que crece y aprieta; y cuando la obra está lista, con la trama entretejida en la urdimbre, irrumpe un frenesí sexual de extático placer, que rompe las aguas y quiebra el silencio con el gemido satisfecho de la creación, la primera sílaba, el Verbo, que dirige al Hijo hacia el umbral de la existencia.

Recuperar la reverencia

Los símbolos míticos pueden revitalizar la forma en la que miramos. Si dejamos que nos empapen nuestra realidad adquiere una dimensión añadida, un nuevo dinamismo que enriquece nuestra relación con el mundo. Si vemos el parto como el simple proceso de una máquina biológica, o como un número estadístico, nuestra realidad del parto se quedará enclaustrada en un laboratorio. Pero si el parto es el eco de la creación misma de la existencia, entonces a través de este acto cotidiano estamos siendo partícipes de la continuación del universo, nos convertimos en co-creadores de un cosmos vivo. La amorosa danza de los progenitores no se reduce a un simple polvo, sino que es la representación del romance erótico entre las fuerzas arquetípicas que conforman el mundo. En esta visión el aire que corre no es el de los ventiladores de un despacho universitario, es el aroma de las plantas, el aliento de los animales, con granos de arena y lluvia arremolinándose en ráfagas caprichosas. Ya no estamos en un compartimento especializado, aislados de las variables del mundo, estamos envueltos en una madeja de relaciones que nos conectan directa e indirectamente con el resto de la existencia. El universo entero participa de cada nacimiento, de cada vida, de cada muerte. La alegría de un nuevo alumbramiento deja de ser la satisfacción privada de sus familiares, para ser la alegría global de la que todos somos partícipes.

No es lo mismo afrontar el parto desde una visión médica y hospitalizada, meramente fisiológica, que sintiéndolo como una comunión con la naturaleza primordial: una conduce al miedo la otra camina hacia el éxtasis. Tampoco es lo mismo pensar que la tarea del bebé consiste meramente en resbalar por el conducto vaginal, a pensar que al hacerlo está cruzando el umbral de la vida para tomar su lugar en la existencia. Ni es lo mismo pensar que el padre ocupa una posición inútil y pasiva, a sentir en su presencia el impulso vital que estimula, acoge y acompaña la maternidad. Nuestras formas de entender el mundo son formas de relacionarnos con ese mundo, y distintas formas de relacionarnos con el mundo nos conducen a distintas experiencias. ¿Por qué contentarnos con una visión fría y desconectada? ¿Por qué no añadirle un poco de calor? La perspectiva mítica no es incompatible con el conocimiento médico. Un médico ha de saber todo lo posible con respecto al parto, la perspectiva mítica no le va a negar ese conocimiento, sino que le va a guiar en la forma de utilizarlo, en la manera de sentir el significado de su participación en todo ello y en cómo tratar a la madre, al padre y al hijo.

En otras palabras, lo que recuperamos gracias a la simbología mítica es la perspectiva de la trascendencia, que nos permite salir de nuestro ego, de nuestro yo simple y reducido. No hay mejor ética que la que nace de la comunión, la que se adquiere a través de la simpatía que, a diferencia de la empatía, llega más allá de las fronteras del individuo. El mito es simpatía porque nos hace partícipes, nos conecta, nos mezcla y nos conduce a vibrar en sintonía con la sinfonía universal. Entonces ni el otro es tan otro, ni yo soy tan yo, ni mi dolor ni mi alegría son sólo míos, ni tu dolor ni tu alegría me son del todo ajenos. Desde la empatía suponemos el dolor ajeno, lo imaginamos y pensamos entenderlo, es como mirar el mar sin bañarse, mirando desde una habitación con ventanas; pero desde la simpatía vibramos con el dolor ajeno, la simpatía es bañarse y chapotear en el agua del mar, y no hay nada como experimentar el dolor del otro en las propias carnes para llegar a comprenderlo. Así, el dolor de una madre vaca a quien le arrebatan las crías una y otra vez para extraerle su leche materna, el alimento primordial del Hijo, resuena con el dolor de toda madre explotada, de toda maternidad abortada por fuerza del yoísmo.

Es así, como poco a poco, va resurgiendo la reverencia, el saludo noble, el respeto, el cuidado, la responsabilidad. Mi perspectiva, mis gustos, mis placeres y sueños dejan de estar en lo alto de la pirámide, dejan de cargar su peso sobre una Tierra esclava; mi ombligo y mi libertad dejan de ser más importantes que los del resto. Al hacerme consciente de que en cada uno de mis actos participa la totalidad de la existencia, toma fuerza mi voluntad de escoger el abrazo frente a la espada, el diálogo frente al insulto, la no-violencia frente a la violencia, ya que cada una de estas elecciones está generando un universo nuevo, aún en construcción, fluido y dinámico, vivo y sobre todo, Maternal.

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